La resistencia tiene rostro de mujer.

ATERRIZANDO SUEÑOS. Bety Camiade

De sobra sabemos que los hombres, en general, físicamente son más fuertes,
más veloces y más temerarios que la mujer. Al menos así lo vemos en la
mayoría al desempeñarse en alguna prueba física o un deporte. O bien ha
cargado o gozado de esa fama desde tiempos inmemoriales. Ese hombre
fuerte por naturaleza, conquistador, que puede proteger, dar sustento y cubrir
las necesidades de una mujer y su descendencia, ha sido un rol milenario en
el que le ha tocado justa o injustamente desenvolverse.
Y hablando de la mujer, también en general, siempre se ha tenido esa
percepción de que toda ella es la delicadeza andando, la ternura, de no ser
especialmente tan fuerte ni tan veloz como un hombre y una lista larga de
adjetivos calificativos que no terminaría de enumerar.
Y digamos que así es, que existen diferencias físicas y de toda índole que
marcan definitivamente que hombres y mujeres no somos iguales. Y con
esto no quiero decir que la balanza deba inclinarse más hacia un lado que
hacia el otro, porque hay diferencias en cuanto a sus características, más no
debería haberlas en cuanto a sus derechos humanos, tratos dignos y
laborales, etc.
Pero estos ya son otros temas que no abordaré. A pesar de todo, yo siempre
lo seguiré diciendo: “Benditas diferencias entre hombres y mujeres que
hacen que la convivencia resulte bastante enriquecedora, complementaria e
interesante”. Esta reflexión no es con el fin de demeritar ni a hombres ni a
mujeres, además de que es un tema sumamente controversial. Esta reflexión
que hago, es porque el tema que a continuación expongo, me resulta
apasionante y en mi experiencia como ultramaratonista lo he encontrado
conmovedor y un tanto digno de compartirse.

Quizá por algo de lo que menciono en los párrafos anteriores se ha dicho que
la mujer es el “sexo débil” y muchas lo han creído y lo han adoptado, puede ser que por comodidad o por pecar de ingenuidad. Pero nada puede estar más lejos de la verdad, que esa descripción que se hace de la mujer.

La primera vez que este tema me tomó por sorpresa, me sacudió y se expuso
ante mí, fue en aquella competencia de la JUNGLE MARATHON, 200km
de autosuficiencia a través de la Selva del Amazonas en Brasil, una carrera a
pie considerada por CNN como una de las más extremas del mundo.
Recuerdo haberme sorprendido de entrada porque la organización está a
cargo de una mujer inglesa y quien además es la propietaria de la empresa.
Una competencia a la que asisten atletas de élite de diferentes países,
soldados y veteranos de guerra para retarse a sí mismos.
En esta carrera en donde generalmente solo hay 30% de participación
femenina, descubrí una gran característica que absolutamente todas y cada
una de las mujeres competidoras poseían, una virtud que no era por mera
casualidad tenerla, porque cada mujer que decidió asistir a esa competencia
sabía, confiaba, creía y sentía que ser mujer es mucho más que cualquier
“rol” que la sociedad le haya impuesto a lo largo de la historia y quizá por
opresión o falsas percepciones y expectativas de lo que ella puede o no
lograr.
Algo que me conmovió fue enterarme de que nunca en alguna de las
ediciones de esta competencia, las mujeres han abandonado por “tirar la
toalla”, como solemos decir cuando ya nos rebasa la fatiga, el estrés, etc. Y
si es que alguna ha tenido que abandonar, ha sido por algún accidente en
donde ya no es ella quien decide, sino la propia organización, esto nos lo
hizo saber la directora de la carrera.
Toda esta experiencia en dicha competencia con el desempeño de las demás
mujeres y el mío propio, me trajo infinidad de aprendizajes personales, pero
este tema de reflexión al que me refiero, es ese don maravilloso que la mujer
posee por naturaleza como legado ancestral, grabado en su ADN, en su
esencia, en su corazón. Esta virtud inherente en la mujer y absolutamente
imprescindible es la RESISTENCIA. No por nada, las mujeres estamos
dotadas para soportar y controlar partos prolongados, exhaustivos y
dolorosos y traer al mundo a los hijos, a la vida misma y tener la gran
capacidad para criarlos; sin duda, tareas que resultan sumamente arduas y
demandantes.
Napoleón Bonaparte decía: “La primera virtud de un soldado, es la
resistencia de la fatiga; el valor es solo la segunda virtud”. Imagina todas

esas guerras que tuvieron que resistir los soldados en la antigüedad, quienes
no tenían la virtud, definitivamente perecían.
Si eres mujer, me gustaría que realmente recuerdes que eres sumamente
fuerte y capaz; que lo sientas, que lo creas, pero sobre todo que lo vivas. Me
gusta pensar que detrás de esa delicadeza y belleza femenina, en cada mujer
existe una guerrera preparada y lista para luchar y no rendirse, para dar hasta
la última gota de resistencia y soportar antes de abandonar sus convicciones,
sus ideales y sus sueños.
¡Adelante mujeres valientes! Que la RESISTENCIA, TIENE ROSTRO DE
MUJER.

contacto@betycamiade.com

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