MARAVILLOSA CAPACIDAD HUMANA.

ATERRIZANDO SUEÑOS. Bety Camiade.

Tuve la gran oportunidad en el año 2013 de asistir a una competencia de carrera a pie de ultradistancia y autosuficiencia, justo en los entornos de la Selva de Camboya. Qué entusiasmo sentía por conocer un lugar tan alejado y diferente a nuestra cultura. Me habían hecho referencia de esta carrera que se lleva a cabo cada año y es conocida como CAMBODIA THE ANCIENT KHMER PATH 220 Km, además de lo bien organizada por la compañía Globallimits de Alemania.

Entrené bastante para hacer frente a toda clase de adversidades extremas a las que estaría expuesta. Algunas las imaginaba, otras quizá ya las había experimentado en la Selva de Brasil, pero muchas otras jamás imaginé me toparía con ellas y fueron uno de mis más grandes aprendizajes.

Cuando tenemos la oportunidad de salirnos del propio entorno, de lo que uno conoce y de ir, ver y sentir más allá, se abre un panorama muy distinto de lo que tenemos conciencia y de lo que es lo normal o lo cotidiano en nuestra vida diaria. Y claro, no se necesita ir muy lejos o hasta Camboya para darse cuenta de que existen diferencias abismales y situaciones de vida, a veces tan distintas, injustas y hasta absurdas entre las personas. Aquí en México lo podemos ver.

Pero quiero compartir lo que reflexioné cuando asistí justamente a Camboya, porque pude ver de cerca lo que es verdaderamente extremo para la vida de los seres humanos. Ahora me río de pensar que yo iba a experimentar lo “extremo” dentro de esta carrera. Y aunque tuve mis momentos bastante arduos y al tener que salir adelante en cada dificultad, simplemente al compararla con lo que ha vivido la gente de Camboya, la gente común y sobre todo la que vive en todas estas zonas rurales, selváticas, de plano mi participación en esta carrera parecería un juego de niños.

Al comparar mi vida ordinaria y las comodidades con las que vivo, con la de ellos, hasta me sentí ridícula diciendo estar en una carrera extrema. ¡Ufff! bastante difícil comparar los dos mundos, lo que parece correcto en uno es inaceptable en el otro. Era una sensación de sentirme inadecuada a cada momento.

Durante la competencia nos hicieron especial énfasis en que por ningún motivo saliéramos de la ruta marcada, ni siquiera medio metro fuera del sendero, ni para hacer nuestras necesidades fisiológicas, ya que ese sendero estaba previamente revisado y por decirlo así “pisado” y no había bomba que nos pudiera explotar, pero corrías grave peligro de salir volando por los aires, si es que no acatabas esta advertencia por parte de la organización.

A mi paso por la ruta de la carrera en la selva, me di cuenta lo extrema y dura que es la vida que les toca vivir a muchas personas, tocando día a día el límite de lo que la naturaleza humana puede soportar; extremo es vivir en condiciones de pobreza que tocan el límite entre la vida y la muerte, extremo vivir día a día con la incertidumbre de no saber si en el siguiente paso que vas a dar tu existencia terminará o seguirás transitando por la vida con un cuerpo mutilado.

Así es, un cuerpo mutilado o finalmente quedando muerto en ese instante; dentro de lo que viví en este reto, encontré mucha gente en las peores condiciones de pobreza y hambre, sé que muchos dirán que no me vaya tan lejos y lo sé, en nuestro país, nuestra ciudad existe gente igual, pero lo que vi en Camboya me impactó, el ver de cerca el rostro y el horror de la guerra que aún sigue haciéndose presente en los cuerpos de miles de niños y adultos que a estas fechas quedan mutilados, quemados o muertos, por las bombas, minas enterradas que no han sido desactivadas y siguen cobrando factura a gente inocente. Esto es verdaderamente vivir en condiciones extremas y tocando límites inimaginables y a pesar de sus condiciones te abrazan con una sonrisa amistosa y viven procurándose alegría dentro de la vida tan extrema que les ha tocado vivir.

Así que con la experiencia de mi participación en esta carrera “extrema”, me di cuenta que estas competencias son solo eso, “competencias de aventura”, que hacemos porque nos ponemos el desafío, pero no porque la vida nos haya puesto en un verdadero camino en el que hay que salir adelante en el día a día en condiciones terriblemente adversas para subsistir.

Llegué a sentirme culpable, comparando lo que tengo (no solo materialmente, sino también en oportunidades), con lo que esos niños, toda esa gente escasamente tiene; al mismo tiempo envidié y añoré la felicidad y la alegría a manos llenas con la que viven, hasta el jugar y retozar dentro de una charca de lodo carcajeándose y disfrutándolo como el que más, sin importar si les hacía falta una pierna o un brazo. Viven plenamente cada momento intensamente con entusiasmo, simplemente dan valor a lo que se debe dar valor. Sin importar su condición o su pobreza extrema.

Los niños y la gente en general de Camboya que encontré a mi paso por la ruta en la carrera, me dejaron la gran enseñanza: LA MARAVILLOSA CAPACIDAD HUMANA LLAMADA RESILIENCIA, esa capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida, incluso transformándolas en superación y fortaleza, a pesar de lo dolorosas o adversas que estas puedan ser.

Desde ese día tengo el gran compromiso de procurarme yo misma la alegría, de motivarme a vivir plenamente, de dar lo mejor de mí, agradeciendo la gran oportunidad de despertar cada mañana y valorar la vida con sus desafíos.  contacto@betycamiade.com

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